UNIVERSOS - VOLUMEN II. CAPÍTULO VIII - ANDRÉ DE CHÉNIER

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 CAPÍTULO VIII

ANDRÉ DE CHÉNIER

 

André Marie Chénier Santi-Lomarca, poeta, periodista, diplomático, militar y político francés.

Estambul, 30-10-1762; París, 25-07-1794.

  Nació en Estambul cuando su padre fungía de cónsul francés en Constantinopla y tenía tres años cuando su familia regresó a Francia.

  Buena parte de los críticos lo consideran uno de los precursores del romanticismo y casi todos creen que es el más grande poeta francés del siglo XVIII.

  En compañía de su hermano Marie-Joseph, asistió al salón literario de su señora madre, turca católica que presumía de tener orígenes griegos y les transmitió el amor por los clásicos antiguos griegos y latinos. Los intelectuales más conocidos de ese momento como el poeta Ponce-Denis Écouchard-Lebrun, el químico Antoine Lavoisier, el escritor Claude-Joseph Dorat, el compositor Jean-François Le Sueur y el pintor Jacques-Louis David, entre otros, frecuentaban este salón literario.

  Inició sus estudios en Carcassonne y los continuó en el prestigioso Colegio de Navarra, uno de los más exclusivos de la capital francesa.

  Partidario inicial de los postulados de la Revolución Francesa, Chénier fue uno de los firmantes de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, pero poco a poco la violencia de Robespierre y sus jacobinos lo fue desencantando y acabó apoyando a Luis XVI, por lo que tuvo que huir cuando el rey fue depuesto y ejecutado.

  Arrestado aparentemente por error cuando hacía una visita de cortesía, fue finalmente condenado a muerte y guillotinado por “crímenes contra el Estado”, junto a su amigo el también poeta Jean Antoine Roucher. Camino de la guillotina, ambos fueron recitando versos del Andromaque de Racine.

  Robespierre, su verdugo y blanco de sus críticas más duras fue igualmente guillotinado tres días después, terminando así el llamado Régimen del Terror. El poeta iba a cumplir apenas 32 años.

  Sus mejores versos fueron inspirados por la musa que conoció durante sus casi cinco meses de cautiverio, la joven noble Anne Françoise-Aimée de Franquetot de Coigny.

      Su vida inspiró numerosos poemas, entre ellos de Victor Hugo y Alfred de Musset, la ópera “Andrea Chénier” de Umberto Giordano y la novela A Tale of Two Cities de Charles Dickens.

  Casi toda su obra se publicó 25 años después de su muerte. De esta publicación merecen destacarse: Elégies, Bucoliques, La Jeune Captive, La Jeune Tarentine, L’Aveugle, y los inconclusos L'Hermès y L'Amérique.

Uno de sus biógrafos le atribuye estas últimas palabras:

El sueño de la tumba apretará mis párpados.

  Sus restos y los de las más de cuatro mil víctimas ejecutadas por los revolucionarios reposan en una fosa común del cementerio parisino de Picpus, un antiguo monasterio convertido en camposanto de los ajusticiados.

Una placa en una de las paredes lo recuerda:

Hijo de Grecia y de Francia.

Sirvió a las Musas.

Amó la Sabiduría.

Murió por la Verdad.


LA MUERTE DE UN INFANTE - (Sur la mort d’un enfant).

En la morada terrestre, la víctima inocente

solo vio la primavera que le regaló el día.

No deja más que un nombre, un nubarrón vacío,

un recuerdo, un sueño, una invisible imagen.

Adiós, frágil infante escapado de nuestros brazos:

Adiós, en la casa de donde nadie regresa.

No te veremos más, cuando la campiña del verano

entregue cubierta de frutos la ciudad desierta;
en el redil paterno no sabremos más

de tus pies, de tus manos, de tus flancos semidesnudos

apretando la hierba y las flores donde las ninfas del Sena

coronan todos los años las laderas de Lucienne.

El eje del humilde carro destinado a tus juegos,

conducido por tus fieles manos,

no surcará más los prados y la ribera.


Tus miradas, tu voz baja, tu lenguaje confuso y dulce,

no preocuparán más nuestros cuidados cotidianos;
no recibiremos con gritos de alegría

los esfuerzos impotentes de tu boca bermeja

tartamudeando al oído sus sonidos.
Adiós, en la morada a donde todos te seguiremos,

a donde tu madre dirige su mirada celosa.


LA JOVEN CAUTIVA - (La jeune captive)

(Anne de Coigny, la joven salonnière y duquesa de Fleury, cautiva en la misma prisión de Saint-Lazare en que se hallaba el poeta, inspiró este poema cuando Chénier la escuchó exclamar: Je ne veux pas mourir encore).

Nace la espiga y madura a pesar de la guadaña;

sin recelos del lagar, el viñedo en el verano

bebe la miel de la aurora;

y yo hermosa como ella, y tan joven como ella,

aunque la hora presente sea turbulenta y oscura,

¡no quiero morir aún!


Que un estoico de ojos secos vuele a abrazar a la muerte,

yo, en cambio, lloro y espero; frente al gris viento del Norte

cedo y alzo la cabeza.

¡Para días de amargura, hay otros tantos de gloria!

¡Ay de mí! ¿Qué miel no deja, en exceso, repugnancia?

¿Qué mar no tiene tormentas?


En el fondo de mi pecho vive la ilusión fecunda.

Sobre mí pesan en vano los muros de la prisión.

La esperanza me dio alas:

Escapado de las redes del cruel cazador de pájaros,

más vivo y feliz que nunca, por las praderas del cielo

el ruiseñor vuela y canta.


¿Morir depende de mí? Es tan tranquilo mi sueño

y también mi despertar, que no hay un remordimiento

que perturbe mi vivir.

La alborada me sonríe entre todas las miradas;

mi presencia hace olvidar los pesares de los tristes

y revive la alegría.


¡Mi feliz viaje está lejos, muy lejos de su final!

He partido y de los olmos que bordean el camino

sólo pasé los primeros.

En el festín de mi vida, que apenas ha comenzado,

un instante solamente mis labios se han detenido

sobre la copa aún llena.


Sólo vi mi primavera, hoy quiero ver la cosecha;

y tal como lo hace el sol, de estación en estación,

¡quiero completar el año!

Soy como la flor radiante que, en su tierna juventud,

tan sólo ha visto brillar los fuegos de la mañana;

¡quiero terminar mi día!


¡Oh, fantasma de la muerte! Tú puedes esperar, vete

a consolar corazones que la vergüenza y el miedo

y el desespero devoran.

Palas tiene todavía para mí praderas verdes

y los amores sus besos, y las Musas sus conciertos.

¡No quiero morir aún!


Heme aquí, triste y cautivo, escuchando estos anhelos

y esta voz y estos lamentos de primorosa cautiva,

que mi lira ha despertado.

Sacudo entonces el fardo de mis fatigados días,

mientras mis versos recogen los melódicos acentos

de su candorosa boca.


De mi prisión, estos cantos son testigos armoniosos,

quizás un ocioso amante, descubra en su melodía

quién fue la bella cautiva

cuya frente y cuyo verbo se coronaron de gracias,

y, temerá, como ella, ver el final de sus días

y de los de igual destino.


INVOCACIÓN A LA POESÍA - (Invocation à la Poésie)

¡Ninfa tierna y bermeja, oh joven Poesía!

¿Qué bosque es actualmente tu selecto retiro?

¿Qué flor, junto a la ola donde vagan tus pasos,

se inclina suavemente bajo tus finos pies?


¿Dónde te buscaremos? Mira la estación nueva:

¡qué purpúreo destello sobre su blanco rostro!

Cantó la golondrina; Céfiro está de vuelta:

regresa con sus danzas; lo acompaña el amor.


Sombra, praderas, flores son su dulce familia,

y Júpiter disfruta contemplando a su hija,

esta tierra en que brotan por todas partes versos

que fluyen melodiosos de tus gráciles dedos.


El río que discurre por los húmedos valles

lleva para ti versos, dulces, sonoros, líquidos.

Versos, que en masa se abren a los rayos del sol,

son este mar de flores de cálices bermejos.


Y los montes, torrentes que blanquean sus cimas,         

lanzan versos brillantes al fondo del abismo.