CAPÍTULO VII
FRANçOIS RENÉ DE CHATEAUBRIAND
François-René de Chateaubriand, vizconde de Chateaubriand, poeta, escritor,
traductor, diplomático y político, señalado como el fundador del romanticismo
francés.
Saint-Malo,
Francia, 04-09-1768; París, 04-07-1848.
Era el décimo y último hijo de
René de Chateaubriand y Pauline-Jeanne-Suzanne de Bedée, una familia de rancio
linaje, venida a menos. Fue educado junto con sus cinco hermanos en el castillo
de Combourg, cerca de Saint-Malo, y estudió en los colegios de Dol y Rennes,
antes de superar la prueba de admisión a guardiamarina en Brest, en 1782.
A los quince años ingresó en el
colegio eclesiástico de Dinan, que abandonó un año después para dedicarse a la
lectura y la meditación. Fueron dos años que, entre otros aprendizajes,
despertaron en él la admiración por Rousseau.
Ingresó al ejército francés en
1786 y estuvo en París durante los primeros años de la Revolución Francesa.
En abril de 1791, huyendo de la
revolución decidió emigrar, viajó casi un año por la costa este de Estados
Unidos y regresó a Francia el 2 de enero de 1792.
A finales de marzo de 1792,
contrajo matrimonio con Céleste Buisson de la Vigne, una heredera a punto de
cumplir 18 años a quien abandonó seis meses después para incorporarse a la
Armada Real. El matrimonio había sido concertado por su hermana mayor Lucile y
presionado por su madre, con el fin de asegurarle una fortuna independiente. Me
casaron, escribió.
Sin embargo, y a pesar de que
estuvieron separados muy a menudo, Chateaubriand en sus Mémoires se
refiere a ella en términos elogiosos: “Debo a mi esposa eterna y amorosa
gratitud, pues su compromiso ha sido tan sincero como tierno”.
El 15 de julio de 1792, dejando
atrás a su esposa volvió a marcharse, herido y enfermo, esta vez a Bélgica y
luego a Inglaterra. Llegó a Londres en mayo de 1793 “…pobre y emigrado a este
suelo, donde ahora, en 1922, escribo todo esto como poderoso embajador”.
Ya en Londres consiguió una habitación en
casa del impresor Bailye, quien le prometió la edición de su anunciado Essai
historique sur les Révolutions.
En sus andanzas para
sobrevivir, llegó a Beccles para enseñar francés y luego se mudó a Bungay en
Suffolk, donde conoció a Charlotte Ives, hija del reverendo John Ives, erudito
helenista y notable matemático, y de su esposa Ne Williams, culta, talentosa y
encantadora mujer. Charlotte había nacido allí en 1780.
En el invierno de 1795, como
resultado de la caída de un caballo permaneció un tiempo en casa de los Ives,
el romance avanzaba, y cuando el poeta estaba a punto de marcharse, Charlotte
le fue ofrecida en matrimonio. En ese momento tuvo que confesarles que estaba
casado.
Chateaubriand recordaría a
Charlotte toda su vida y entre sus musas es la que más frecuentemente aparece
en sus Mémoires. Siempre recordó a la familia Ives como los únicos que
lo acogieron con verdadera amistad cuando era pobre, desconocido, proscrito,
sin atractivos físicos y sin absolutamente nada qué ofrecer.
Regresó a Londres, derrotado,
maldiciendo su matrimonio, creyendo que lo alejaba de su destino y le impedía
ser feliz.
Charlotte se casó en abril de
1806 con el almirante Samuel Sutton y cuando Chateaubriand era embajador ante
la corte de Jorge IV, ella fue con sus dos hijos mayores -tuvieron tres- a
visitarlo, a recordar, a devolverle sus cartas y a pedirle ayuda para que
Samuel, su hijo mayor, de 15 años, pudiera ir a Bombay.
A principios de 1797 finalmente
apareció el tan esperado Essai historique sur les Révolutions, comenzado en 1794 y que el autor consideró que marcaba una
inflexión en su vida.
En julio de 1798 fue informado
de la muerte de su madre. La conmoción de la noticia revivió su fe en el
cristianismo, afloró su sentido de la religiosidad y creyó que debía expiar la
culpa de haber escrito los Ensayos, escribiendo una obra religiosa. Fue el
origen de Le génie du christianisme, que empezó en 1799 y terminó en
París en 1802, trabajando “con la pasión de un hijo que construye un mausoleo a
la memoria de su madre”. Al mismo tiempo, trabajaba en las novelas gemelas Atala
y René.
Abandonó Inglaterra en 1800
para regresar a Francia, donde “ya no tenía ni bienes ni asilo y la patria se había
convertido para mí en seno de piedra, en pecho sin leche…”
El reingreso a la patria fue posible
gracias a un pasaporte falso otorgado por el embajador de Prusia, a nombre de
un tal Lassagne, natural de Suiza.
En 1803 Napoleón lo nombró
secretario de la embajada en Roma, y posteriormente en Valais, pero la
ejecución del duque de Enghien provocó su dimisión y se rebeló contra el
emperador.
Emprendió entonces un viaje por
Grecia, Creta y Palestina, cuyas vivencias narró luego en Itinéraire de Paris
à Jérusalem, que le valió en 1811, junto a Les Martyrs, el elogio y
la admisión como miembro de la Academia Francesa.
En 1815, tras la restauración
de los Borbones fue nombrado par de Francia y, entre 1820 y 1824, embajador en
Berlín y en Londres, Comisionado en el Congreso de Verona y ministro de Asuntos
Exteriores, cargo este último del cual fue despedido en junio de 1824.
En 1825 se dedica a revisar sus
escritos para una edición de Oeuvres complètes, que aparece a mediados
de 1826.
Nunca reconoció la legitimidad
de Luis Felipe de Orleans, pronunció su último discurso en la Cámara de los
Pares en agosto de 1830 y se refugió en una vida de escritor independiente.
Fiel a la Casa Real de los
Borbones, compuso todavía algunos panfletos edificantes a favor de la monarquía
y visitó al rey Carlos X, exiliado en Praga.
En octubre de 1830 empezó la
redacción del Volumen IV de sus memorias.
A mediados de 1831 se marchó a
Ginebra “con lo que me ha producido la venta de mi último folleto De la
Restauration et de la Monarchie élective”.
Entre sus demás escritos
merecen señalarse De Bonaparte et des Bourbons y Aventures du dernier
Abencerage.
La más célebre de sus obras, Mémoires
d'outre-tombe, autobiografía que narra los principales episodios de la vida
del autor, pasa por el amor, la filosofía, la crónica y la historia, siempre
con reflexiones lúcidas y memorables. Están allí la Bretaña de sus orígenes, el
paso por Estados Unidos, el exilio en Inglaterra, su vida en Francia y sus
numerosos viajes por Europa como embajador, sus momentos de gloria, la amargura
de la ruina financiera y, por supuesto, sus musas, aunque no todas.
Chateaubriand no era precisamente un hombre fiel. Desde los primeros años de su adolescencia “me precipitaba al encuentro de aquellas sirenas, como atraído por una misteriosa armonía” y supo que la presencia femenina debía estar íntimamente ligada a su vida y a su obra. Recordemos, a vuelo de pájaro, a las más cercanas:
Céleste Buisson de la Vigne (1774-1847). Su amigo Bertin dice que nació en 1767, y ella aseguraba
que, en 1769, que era el año de Napoleón.
Céleste fue su digna, fiel y
devota esposa, que soportó sus numerosas infidelidades. Fundó la Enfermería
Marie-Thérèse para atender a sacerdotes ancianos y fundó también una fábrica de
chocolate para obtener fondos para esa obra.
Victor
Hugo hace un retrato cruel y la describe así en Choses Vues:
Madame de Chateaubriand era muy
buena, lo que no le impedía ser muy perversa. Tenía bondad oficial, que no daña
la maldad doméstica. Había fundado un hospicio, la enfermería Marie-Thérèse;
visitaba a los pobres, supervisaba las guarderías, presidía las oficinas de
caridad, ayudaba a los enfermos, daba y rezaba y al mismo tiempo maltrataba a
su marido, a sus padres, a sus amigos, a su gente. Era agria, dura, mojigata,
calumniosa, amarga. El buen Dios pesará todo eso allí.
El señor de Chateaubriand la temía, la detestaba, la perdonaba y la engatusaba.
Charlotte Ives (1780-1852). Ya mencionada, es objeto de descripciones muy concretas y la única cuyo recuerdo reaparece periódicamente a lo largo de sus Mémoires.
Paulina de Beaumont (1768-1803). Salonnière y mujer de letras a quien conoció en
1801 en casa de su amigo Joseph Joubert, un refinado intelectual de exquisita y
envidiable vida interior. Se retiraron a vivir al campo en Savigny sur Orge,
todo un desafío para ella, exhibir un romance con un poeta católico y casado.
En 1803 es nombrado embajador
en Roma y Pauline se queda en París, pero sospecha que Delphine Custine a quien
había conocido el año anterior, ha ocupado su lugar. Pauline, ya enferma de
tuberculosis, marcha a Roma y muere en brazos del escritor a finales de
noviembre, en su villa romana del Pincio.
“La noche eterna había llegado.
Todo había terminado.”, escribió el poeta.
El funeral se llevó a cabo en la Iglesia
de Saint Louis des Français y Chateaubriand hizo construir un monumento en su
honor.
El epitafio dice:
Después de haber visto morir a toda su familia, su padre, su madre, sus dos hermanos y su hermana, Pauline de Montmorin, consumida por una enfermedad de languidez, vino a morir en esta tierra extranjera. En memoria suya, François Auguste de Chateaubriand hizo erigir este monumento.
Delphine de Sabran, marquesa de Custine (1770-1826). De origen noble, casó a los 17
años con el también joven noble y militar Armand de Custine.
Durante la época del Terror,
vio morir en la guillotina a su esposo y a su suegro.
Vivieron una relación tan
apasionada como tormentosa, que terminó cuando ella se enteró de la relación de
Chateaubriand con Natalie Laborde. “Se va”, dijo, “para cumplir sus deseos y
destruir los míos”.
Todo indica que después fueron buenos amigos. Quedan las cartas sensuales y apasionadas del escritor.
Natalie Laborde de Méréville, vizcondesa de Noailles,
duquesa de Mouchy
(1774-1835).
Se casó en 1790 con el conde
Carlos de Noailles, futuro duque de Mouchy. Fue encarcelada durante el Terror
después de que su esposo había huido del país, y su padre y la mayor parte de
la familia de su esposo fueron guillotinados. Liberada en 1794, fue a Inglaterra
para reunirse con su esposo, solo para encontrarlo viviendo con una amante.
Trató de deshacerse de ella organizando una intriga con uno de sus amigos.
Indignada, regresó a Francia, donde llevó una existencia disoluta.
En 1805 conoció a Chateaubriand,
con quien tuvo un apasionado y tormentoso romance que terminó en 1812.
No hay ninguna referencia a ella en las Mémoires, pero Maurice Levaillant en sus Notes et Remarques escribe que con ocasión del viaje de Chateaubriand a España, después de recorrer el Mediterráneo -Itinéraire de Paris à Jérusalem- se reunió secretamente en Córdoba con Natalie, que se hacía llamar Dolores.
El poeta confesó:
“Pero, ¿dije todo en el Itinéraire
sobre este viaje que comenzó en el puerto de Desdémona y Otelo? ¿Iba a la tumba
de Cristo en estado de arrepentimiento? Un solo pensamiento me absorbió; estaba
contando los momentos con impaciencia. Desde el borde de mi barco, con la
mirada fija en la estrella de la tarde, le pedí que los vientos golpearan más
rápido, y gloria para hacerme amar”.
En el fondo de su corazón
sospechaba -¿sabía?- que la peregrinación a los lugares sagrados tenía menos de
arrepentimiento que de pretexto para un encuentro secreto.
Se embarcaron en Túnez,
fondearon el 27 de marzo de 1807 en la bahía de Gibraltar, y Chateaubriand
desembarcó en Algeciras tres días después. Siguió a Cádiz, pasó a Córdoba,
subió hasta Andújar y luego regresó a Granada para su encuentro de amor en la
Alhambra. Continuó hacia Madrid y Burgos y el 3 de mayo llegó a la frontera
francesa por Bayona. El 5 de junio estaba de regreso en París.
Gustave Michaut en sus Études
sur Sainte-Beuve no deja dudas del encuentro de los amantes en Granada y de
que escribieron sus nombres en una de las columnas de la Alhambra.
“Días de seducción,
encantamiento y delirio”, los llamó René.
El romance inspiró una de las
más conocidas obras de Chateaubriand, Les Aventures du dernier Abencerage.
En 1812, ya mentalmente inestable, Natalia perdió definitivamente la razón durante los Cien Días, el período convulso que reavivó la angustia de la Revolución. Pasó los últimos veinte años de su vida en un manicomio.
Claire (Kersaint) de Duras (1777-1828). Escritora y salonnière, aristócrata e intelectual,
precursora del feminismo, autora, entre otras, de las novelas Ourika,
Edouard y Olivier, “historias basadas en hechos reales que tienen en común
la pared de cristal (“nos vemos, nos hablamos, nos acercamos, pero no podemos
tocarnos”).
Son historias de amor
desgraciado a causa de los prejuicios raciales o clasistas -en los dos primeros
casos- y de un misterioso condicionamiento sexual en el tercero”, escribe José
Ramón San Juan en el prólogo de Olivier o el secreto.
Claire era hija única del conde
de Kersaint, vicealmirante de la Armada Francesa, diputado girondino
guillotinado en 1793, y su madre era una heredera de importantes posesiones
coloniales en Martinica. Claire se convirtió en duquesa de Duras por su
matrimonio en 1797 con Amédée-Bretagne-Malo de Durfort, 6º duque de Duras,
primer gentilhombre del Rey y Par de Francia. Durfort era hombre de confianza
de Luis XVIII y más tarde lo fue de Carlos X. A pesar de ser un matrimonio de
conveniencia para el exiliado y arruinado duque, Claire le dio dos hijas en los
dos años siguientes, Félicie y Clara.
Claire estuvo influenciada por
las opiniones políticas progresistas de su padre y dirigió un destacado salón
literario -con frecuencia más político que literario- durante y después de la
Revolución Francesa. Por allí pasaban personajes de la estatura de Talleyrand,
Lamartine, Constant, Humboldt y, por supuesto, Chateaubriand. Alrededor de
1820, Claire contó en una reunión una historia que había escuchado sobre una
joven senegalesa rescatada de la trata de esclavos y criada en un hogar de la
nobleza. Los escritores del salón la animaron a escribirla. “Al mediodía del
día siguiente”, recordó un amigo, “ya se había escrito la mitad de la novela”.
El trabajo terminado, Ourika, se publicó originalmente de forma anónima
en 1823. En 1968 el novelista británico John Fowles se inepiró en Ourika
para su novela La mujer del teniente francés.
Chateaubriand la conoció
gracias a su amiga Nathalie de Noaïlles durante su exilio en Londres. Fue
decisiva en la carrera política del escritor, y nos dejaron una extensa
correspondencia. Después de haber permitido que ella lo amara y desnudara
ingenuamente con él su corazón sin condiciones, la obligó a aceptar de él el
trato de hermana. En sus cartas se llamaban “querida hermana” y “querido
hermano”, lo que permite especular que los personajes principales de la novela Olivier
-Olivier y la condesa de Nanhis- que también se llamaban entre sí ‘hermana’ y
‘hermano’-, no son otros que Claire y Chateaubriand.
“Cuando siento por usted tanta
sinceridad, tanta abnegación en mi corazón, que pienso que desde hace quince
años prefiero lo que es usted a lo que soy yo, que sus intereses y asuntos
prevalecen sobre los míos, y eso muy naturalmente, sin que yo tenga el menor
mérito, y pienso que usted no haría el más mínimo sacrificio por mí, me indigno
contra mí misma por mi locura”, le escribió, dolida.
Mientras tanto, Chateaubriand
seguía casado con su devota esposa Céleste Buisson de la Vigne, y era el amante
de nada menos que Juliette de Récamier y Cordélia de Castellane. Sin embargo,
la posteridad le ha hecho justicia a Claire con el más que merecido
reconocimiento a la calidad de su trabajo literario.
Chateaubriand dijo de Claire
que era una mujer excelente y poseedora de todos los encantos, y escribió en
sus Mémoires:
“El calor del alma, la nobleza
del carácter, la elevación del espíritu y la generosidad del sentimiento hacían
de ella una mujer superior”. Después, a manera de mea culpa tardío -ella
había muerto en Niza en 1828-, concluye: “Desde que he perdido a esta persona
tan generosa, con un alma tan noble, con un espíritu que reunía algo de la
fuerza del pensamiento de Madame de Staël con la gracia del talento de Madame
de Lafayette, no he cesado, llorándola, de reprocharme las irregularidades con
las que he podido afligir algunas veces a los corazones que me eran devotos”.
Claire vivió sus últimos años entre la amargura del malhadado matrimonio de su hija Félicie y la ingratitud de Chateubriand, a quien había amado sin reservas, ayudado en su carrera literaria y conseguido la embajada en Londres.
Juliette Récamier (1777-1849). Hija de un influyente notario, la casaron a los quince
años con un banquero cuarentón, Jacques Récamier, de quien se rumoraba que era
su padre y el matrimonio era solo un arreglo para que ella se quedara con la
herencia.
Reunió a su alrededor y se dejó
cortejar -aunque casi siempre de lejos- por lo más granado de la élite
intelectual y política de su tiempo.
Dotada de un talento esmeradamente cultivado, durante más de medio siglo
-Directorio, Consulado, Imperio, Restauración- fue la salonnière más
admirada de la sociedad francesa.
Se dio el lujo de rechazar al
mismísimo Napoleón, lo cual le valdría el destierro. Un tanto tímida, bella,
inteligente, culta, elegante, amable, árbitro de la moda, posó para los
pintores más famosos -François Gérard, James Pradier, Jacques Louis David,
Eugène Devéria-, y su leyenda se extendió por gran parte de Europa.
Juliette y René se vieron por primera vez en 1801, se volvieron a encontrar en 1813, y en 1817 en una de las famosas veladas de Juliette -nos cuenta Maurice Levaillant, uno de sus muchos biógrafos- entablaron una relación amorosa que se extendió hasta la muerte del escritor.
Leamos al Chateaubriand de
1801: “De repente, Madame Recamier entró con un vestido blanco y se sentó en el
centro de un sofá de seda azul; madame Stael permaneció de pie y continuó su
conversación de una manera muy animada y elocuente; apenas respondí, mis ojos
se fijaron en Madame Recamier. Me pregunté si estaba viendo una imagen de
ingenuidad o de voluptuosidad. Nunca había imaginado nada para igualarla y
estaba más desaminado que nunca, mi admiración despierta se convirtió en enojo
conmigo mismo.
Creo que le supliqué al cielo
que envejeciera a este ángel, que redujera su divinidad un poco, que pusiera
menos distancia entre nosotros. Me doté de todas las perfecciones para
complacerla; cuando pensé en Madame Recamier disminuí sus encantos para
acercarla más a mí: estaba claro que amaba la realidad más que el sueño”.
En 1813, después de doce años y
unas cuantas mujeres, la volvió a ver. Escribiría después: “Alcé los ojos y vi
a mi ángel guardián en mi mano derecha”. Fue el comienzo de una relación que
hacia 1817 se hizo más cercana, más íntima, y duraría toda la vida.
Sería ella quien conseguiría
para Chateaubriand la Embajada en Berlín, que pronto sería seguida por la de
Londres hasta su encumbramiento como Ministro de Asuntos Exteriores, desde
donde escribía: "La gloria y la felicidad de Francia datan de mi entrada
en el Ministerio". Mucho más tarde, René sería Embajador en Roma.
La coronación de Luis Felipe I
supuso el fin de su función pública y su carrera como embajador, al negarse a
reconocer al nuevo rey de la casa de Orlèans. Con más de 60 años, 30 de ellos como
funcionario público, en sus Memoires reconoce que para ese momento tenía
serias dificultades para asumir el pago de deudas contraídas en años
anteriores.
Mucho de lo que era se lo debía
a Juliette y en esta última dificultad le quedaba un as bajo la manga, sus Memoires,
y sería otra vez ella la encargada de sacarlo a flote al gestionar con
amigos comunes, políticos e inversionistas, la formación de una sociedad que
manejara con los editores los derechos de publicación por una suma inicial para
saldar sus deudas, y una renta anual vitalicia que le permitiría dedicarse
exclusivamente a seguir escribiendo y a terminar sus Memoires.
Para ello, Juliette invitó a su
salón a un reducido número de personajes a escuchar esas primeras lecturas.
Regresemos a 1823, cuando
Juliette descubrió que el escritor se había enamorado de Cordélia de
Castellane. A sus 43 años se marchó a Italia, a refugiarse en los brazos de un
joven de 20 años, Jean Jacques Ampere, que hizo por ella unas cuantas locuras.
Madame Recamier regresó a París
en 1825 y Chateaubriand vino a reencontrarse con ella. Irían hasta el final.
Oigámoslo, años después:
“Ella fue la fuente oculta de
mis afectos. Mis recuerdos de varias edades, tanto los de mis sueños como los
de mis realidades, se han moldeado, mezclado en un conjunto de alegrías y
dulces sufrimientos de los que se ha convertido en la encarnación visible. Ella
gobierna mis sentimientos, de la misma manera que el cielo ha traído la
felicidad, el orden y la paz a mis deberes”.
Juliette le sobrevivió un año. Se llevó a la tumba unos cuantos secretos y recuerdos de una época turbulenta, que ella engalanó con su belleza, cultura y glamour, celebrados aún en nuestros días.
Jeanne-Constance-Théodore-Laborier (1787-1872), condesa de Pierreclau, bella
hermana de dos célebres amantes de Lamartine. Probablemente se conocieron
alrededor de 1818, ya que frecuentaban los mismos ambientes monárquicos
parisinos.
Entró en la vida de
Chateaubriand en 1823 cuando él era Ministro de Asuntos Exteriores, decidida a
llevar la relación hasta el final. Por la misma época, él iniciaba una relación
paralela con Cordélia de Castellane.
Théodore impuso a su amante
condiciones que terminaron por aburrirlo. Malhumorada, violenta y posesiva, fue
a la vez la gloria y la amargura para el poeta. Quiso dictarle una línea de
conducta política, que él rechazó, lo cual la enfureció y la relación se volvió
insoportable.
En 1833, Madame Pierreclau, presa de los celos, cayó en insultos a Madame Récamier y la ruptura fue inmediata. Sin embargo, una carta de noviembre de 1836 prueba que reanudaron la relación.
Hortense Allart (Prudence de Saman L'Esbatx) (1801-1879). Escritora y feminista. La conoció
en Roma en 1829 cuando ella fue a visitar a su hermana. Cuando el escritor
volvió a París, ella lo siguió y alquilaron un apartamento donde vivieron una
temporada. Tuvo una larga relación con George Sand, quien escribió el prólogo
de su libro autobiográfico Les enchantements de Prudence, que
escandalizó a sus contemporáneos por la referencia a su relación con
Chateaubriand.
Él le escribió las que pensaba serían sus últimas cartas de amor, sin duda entre las más hermosas, melancólicas y esperanzadoras: …serás mi última musa, mi último encantamiento, mi último sol.
Cordélia de Castellane (Louise Cordélia Eucharis Greffulhe) (1796-1847). Hija del banquero Louis Greffulhe y esposa separada de Boniface
Le Maréchal de Castellane, Conde de Castellane. Chateaubriand la conoció en
1823, siendo ministro de Asuntos Exteriores. La relación, por supuesto, hiere a
Juliette Récamier, quien se marcha a Italia y busca refugio en los brazos de
Jean Jacques Ampere.
También queda de esta relación,
que terminó en 1824, una abundante correspondencia de elevada sensualidad.
Finalmente, hay quienes afirman que tuvo una relación incestuosa con su hermana Lucile.
Y hay más, muchas más, de unas horas, de una noche, de unos días… pero no sorprende. El amante eterno había idealizado su sílfide como “una joven reina que viene adornada con diamantes y flores”, especie de suma de todas las bellezas de todos los tiempos: “Tenía el talle, el cabello y la sonrisa de la forastera que me oprimió contra su seno, y le di los ojos de una joven de la aldea y la frescura de otra”, “rasgos de las grandes señoras de los tiempos de Francisco I, Enrique IV y Luis XIV, y de los cuadros de las vírgenes suspendidas en las iglesias”.
En las últimas páginas de sus
Memorias, intenta resumir su vida: “Pobre y rico, poderoso y débil, feliz y
miserable; hombre de acción, hombre de pensamiento, he puesto mi mano en el
siglo y mi inteligencia en el desierto…”
En 1838, ya septuagenario, aquejado de una hemiplejia que le había paralizado medio cuerpo, se trasladó a vivir cerca de Madame Récamier para que ella pudiera cuidarlo.
Jean D’Obresson, uno de sus biógrafos,
nos cuenta que pasó sus últimas horas acompañado de la que había sido un
prodigio de belleza, Madame Récamier, ahora casi ciega, tratando de adivinar y
entrelazar sus manos con las del escritor desde un reclinatorio cercano, como
un último adiós en medio de un conmovedor murmullo de oraciones. Al pie del
lecho, una gran caja de madera dejaba ver el manuscrito completo de las Mémoires
d'outre-tombe. Era el verano parisino de 1848.
Víctor Hugo lo visitó poco
antes de morir y recuerda el momento en Choses Vues:
“Chateaubriand murió el 4 de
julio de 1848 a las ocho de la mañana. Llevaba cinco o seis meses afectado por
una parálisis que casi le había extinguido el cerebro, y durante cinco días
tuvo una inflamación en el pecho que de repente le extinguió la vida.
El señor de Chateaubriand
estaba acostado en su cama, una camita de hierro con cortinas blancas con una
corona de hierro de bastante mal gusto. La cara estaba descubierta; la frente,
la nariz, los ojos cerrados aparecían con esa expresión de nobleza que tuvo en
vida y a la que se mezclaba la grave majestad de la muerte. La boca y el mentón
estaban ocultos por un pañuelo de batista. Llevaba una gorra de algodón blanco
que dejaba al descubierto las canas en las sienes; una corbata blanca le
llegaba a las orejas. Su rostro moreno parecía severo en medio de toda la
blancura. Debajo de la sábana se podía ver su pecho estrecho y hundido y sus
piernas delgadas.
A los pies del señor de
Chateaubriand, en el ángulo entre la cama y la pared del dormitorio, había dos
cajones de madera blanca colocados uno encima del otro. El más grande contenía
el manuscrito completo de sus Memorias, dividido en cuarenta y ocho cuadernos.
Chateaubriand, a principios de 1847, estaba paralítico; Madame Récamier estaba ciega. Todos los días a las tres de la tarde Chateaubriand era llevado a la cama de Madame Récamier. Fue conmovedor y triste. La mujer que ya no podía ver buscaba al hombre que no podía sentir; sus dos manos se encontraron. ¡Bendito sea Dios! La vida estaba muriendo, pero el amor estaba vivo”.
Los restos del poeta reposan en la cima de la isla Grand-Bé, en la Bahía de Saint-Malo, tal como fue su última voluntad.
El epitafio se debe al escritor francés Roger Vercel:
Un gran escritor francés ha querido reposar aquí, para escuchar solamente
el mar y el viento.
Caminante, respeta su última voluntad.
EPITAFIO
(De Las tumbas
campestres. Elegía imitada de Gray).
(Epitaphe. Les Tombeaux champêtres. Élégie imitée de Gray).
Aquí duerme, al abrigo de las tormentas del
mundo,
uno que fue muchas veces juguete de su
furia.
Buscaba el retiro profundo de los bosques
y la melancolía habitaba en su corazón.
Amaba los encantos de la amistad divina;
dio al desdichado todo lo que tenía, lágrimas.
Viajero, no lleves una antorcha indiscreta
al abismo donde la muerte lo robó de tu
vista;
déjalo reposar en la orilla desconocida,
más allá de la tumba.
LA PARTIDA - (Le départ)
Compañeros,
retirad de las bóvedas del pórtico
esas dádivas de viajero, esa vestimenta antigua
que yo había consagrado a los dioses hospitalarios.
Para afirmar mis pasos en el próximo viaje,
poned de nuevo en mi mano el viejo bastón de roble
que reposa en mi hogar.
¿Dónde voy a morir? ¿En los bosques de Florida?
¿En las orillas del Jordán o en los montes de Tebas?
¿O bien, iré de nuevo a esa orilla famosa,
en el pueblo liberado por los esfuerzos de los valientes,
a reclamar el sueño que el esclavo Eurotas
me ofreció en su lecho embalsamado?
¡Ah! ¿Qué importa el lugar? Nunca un poco de tierra,
en el campo del alfarero, bajo el árbol solitario,
puede unirse a los huesos del hijo del extranjero.
Al menos nadie se reirá de mi muerte;
para el peregrino sentado sobre mi tumba desconocida,
al menos el paso será breve.
EL NÁUFRAGO - (Le naufragé)
En carta a Madame Récamier, 9 de junio de
1831:
Para comprender los versos que os incluyo, se necesitaría que los leyese un marino, y me encomiendo a la indulgencia de Mr. Lenormant. Sin embargo, vuestra inteligencia bastará para las tres últimas estrofas; al final de ellas va la palabra del enigma.
Restos del aquilón, varados en la arena,
vieja nave estrellada cuya suerte acabó,
que con dura guadaña la muerte despiadada
destrozaba en el puerto.
Bajo el puente desierto solo un guardián
habita:
en tu alcázar de proa lo viste en otro
tiempo,
impaciente de escollos, de súbitas tormentas,
desafiando los vientos.
Sobre el bauprés, a veces, intrépido jinete,
reía cuando, hundiendo la cabeza en las olas,
saltabas; y en lo alto del presuroso mástil,
gritó: ¡Tierra, marinos!
Sólo en el viejo casco, manos y tez curtidas,
frente calva, ojos tristes, el reloj sin
arena,
la brújula en pedazos, anuncian tus
angustias,
ermitaño del mar.
Desfallecer creísteis, atados a la orilla,
¡viejos barquero y nave! pero creísteis mal;
el huracán te asalta, te arroja a la deriva,
bramando entre las olas.
Desde el primer escollo, vuestro curso
acotado
se detendrá; y de pronto los flancos se
abrirán;
¡Naufragáis! ¡Es el fin! El ancla se desliza
y ara en vano en el fondo.
Esta nave es mi vida, y este peñasco, yo.
¡Salvado estoy! Mis días, del mar son
arrancados;
un astro me ha mostrado su luz, luz que yo
amo,
en esta oscuridad.
Esta estrella nocturna que calma la tormenta,
y que
tan alto lleva de la belleza el nombre,
sobre el abismo manso llevará mi naufragio
a la encantada playa.
Hasta mi último puerto, dulce y amada
estrella,
yo seguiré tus rayos siempre puros y nuevos;
y cuando hayas dejado de alumbrar mi velero,
brillarás en mi tumba.
CITAS
-
Luis XVIII, a su hermano, refiriéndose a Chateaubriand:
Cuida de no admitir jamás a un poeta en los asuntos públicos, lo estropeará todo. Los poetas no sirven para nada.
- La gloria es para un hombre de edad, lo que los diamantes para una mujer anciana; sirven para adornarla, pero nunca para embellecerla. (Chateaubriand).
- Chateaubriand procuró
hacer de su vida una obra de arte y lo que consiguió fue hacer una obra de arte
sobre su vida: sus “Memorias de Ultratumba” para ser publicadas después de su
muerte.
(André Maurois).
- La patria está en los lugares a los que el alma está ligada.
(Chateaubriand).