UNIVERSOS - VOLUMEN II. CAPÍTULO XLV - PAUL VALÉRY

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 CAPÍTULO XLV

PAUL VALÉRY

 

Ambroise Paul Toussaint Jules Valéry, poeta, escritor, ensayista, filósofo y crítico francés, uno de los principales íconos de la llamada poesía pura.

Sète, Francia, 30-10-1871; París, 20-07-1945.

      Era hijo de Barthelmy Valéry y Fanny Grassi, corso él y genovesa ella.

      En Montpellier asistió a la escuela secundaria y después se matriculó en la Facultad de Derecho. Allí publicó sus primeros poemas a los dieciocho años.

      Hacia 1891, en París, conoció a André Gide y a Stéphane Mallarmé, con quienes mantuvo una estrecha amistad.

      En 1900 se casó con la joven de veintitrés años Jeannie Gobillard -pariente lejana del pintor preimpresionista y grabador francés Edouard Manet- con quien tuvo tres hijos.

      Jeannie, su hermana Paule y su prima Julie Manet eran tres huérfanas que quedaron al cuidado del poeta Stéphane Mallarmé y vivían con una criada en la actual calle parisina Paul Valéry.

      Julie y Jeannie terminaron organizando una boda doble, Julie con el pintor Ernest Rouart y Jeannie con el poeta Valéry. Jeannie murió en 1970, a los 93 años.

      Durante más de ocho años, desde 1920, mantuvo una tormentosa relación intelectual y amorosa con la poetisa, escritora y diarista francesa Catherine Pozzi, una culta mujer de la alta burguesía parisina, célebre por su elegancia, que había estudiado en Oxford y escribía “para no morir de soledad”, y fue amiga de Colette, Rilke y Gide, entre otras luminarias. Se había divorciado del actor dramático Édouard Bourdet tan pronto nació su hijo Claude.

      Catherine sólo escribió seis poemas -ver capítulo 34-, y unos días antes de su muerte, escribió en su diario: “Escribí Vale, Ave, Maya, Nova, Scolopamine, Nyx. Me gustaría que se hiciese una placa con ellos. Safo no necesitó más palabras para atravesar el tiempo”.


      Estas son algunas de las obras más conocidas de Valéry:

    La soirée avec Monsieur Teste, La jeune parque, Le cimetière marin, Charmes, y la serie de cinco ensayos y conferencias llamada Variété, agrupados como filosóficos, literarios, casi políticos, teoría poética y estética, y memorias. Póstumamente aparecieron su obra teatral Mon Faust en 1946, y a partir de 1956 los Cahiers, anotaciones que guardó durante medio siglo en más de doscientos cuadernos.

En 1925 fue admitido en la Academia Francesa.

Entre 1938 y 1945, mantuvo un idilio secreto con Jeanne Loviton, una abogada y escritora treinta y dos años menor, que escribía novelas bajo el seudónimo de Jeanne Voilier. Su relación le inspiró una colección de poemas que tituló Corona & Coronilla, publicada póstumamente.  Para algunos biógrafos del poeta, el hecho de que Jeanne lo abandonara para casarse con el editor Robert Denoël, sumió a Valéry en la tristeza y fue causa importante de su muerte, ocurrida dos meses después de ese abandono. El presidente Charles de Gaulle ordenó oficiar funerales de Estado.


      Mención especial merece Le cimetière marin:

   Para el historiador francés Gustave Cohen, nacido y criado en Bruselas y profesor de literatura medieval en la Sorbona -que analizó con sus estudiantes Le cimetière marin en presencia de Valéry-, el poema semeja la estructura de una tragedia clásica, aunque no en cinco sino en cuatro actos, con exposición, trama y desenlace.

Cohen identifica así estos cuatro actos:

 

Estrofas I a IV: Inmovilidad del No-Ser o de la Nada eterna e inconsciente.

Estrofas V a VIII: Movilidad del Ser efímero y consciente.

Estrofas IX a XVIII: ¿Muerte o Inmortalidad?

Estrofas XIX a XXIV: Triunfo de lo momentáneo y de lo sucesivo, del cambio y de la creación poética.


La elevada calidad de su obra poética le ha ganado un lugar de primer nivel en la poesía francesa del siglo XX.

 

Sus restos reposan en el Cementerio Marino de Sète, lugar que había inspirado su famoso poema.

El epitafio es un fragmento del mismo:

 

¡Qué recompensa para el pensamiento

recrearse en la calma de los dioses!

 

EL CEMENTERIO MARINO - (Le cimetière marin)

     ¡Oh alma mía, no aspires a la vida inmortal, 
                    pero agota toda la extensión de lo posible!
                                       
Píndaro, Píticas III, ep. 3.

Techo sereno, campo de palomas,

palpita entre los pinos y las tumbas;

el pleno mediodía arma su fuego    

y el mar, el mar, recomenzado siempre.

¡Qué recompensa para el pensamiento

recrearse en la calma de los dioses!

 

Perfecta luz que en su fulgor consume

diamantes tantos de invisible espuma.

¡Oh, cuánta paz parece concebirse!

Cuando sobre el abismo el sol descansa,

-trabajo puro de una eterna causa-,

el tiempo brilla y es saber el sueño.

 

Tesoro firme, templo de Minerva,

mole de calma, reservorio vivo;

agua serena, ojo que en ti guardas

bajo un velo de llamas tanto sueño,

¡Oh, mi silencio!... Construcción del alma,

techo cubierto con mil tejas de oro.

 

Templo del Tiempo en un suspiro inscrito,

a este lugar sagrado me acostumbro,

rodeado de mi mundo marinero;

y como a dioses mi suprema ofrenda,

el apacible centelleo esparce

un desdén soberano en las alturas.

 

Como la fruta en gozo se disuelve

y su ausencia en delicia se convierte

entre la boca en que su forma muere,

mis futuros vapores hoy aspiro,

y al alma consumida el cielo canta

el cambio del rumor de las riberas.

 

¡Mira cómo he cambiado, cielo hermoso!

Después de tanto orgullo y ocio extraño,

mas lleno de poderes todavía,

a tan brillante espacio me abandono;

sobre casas de muertos va mi sombra

que a sus leves vaivenes me acostumbra.

 

El alma expuesta a antorchas de solsticio,

admirable justicia, te defiendo

sin piedad con las armas de la luz,

y te regreso a tu lugar primero.

¡Mírate! Reflejar la luz supone

una mitad oculta entre las sombras.

 

Para mí solo, a mí solo, en mí mismo,

cerca de un corazón, fuente del verso,

entre el vacío y el suceso puro,

de mi grandeza interna espero el eco,

cisterna amarga, oscura, en que resuenan

siempre en futuro huecos en el alma.

 

¿Sabes, falso cautivo de las frondas,

golfo devorador de magras rejas,

sobre mis ojos, fúlgidos secretos,

qué cuerpo me hunde en su final moroso,

qué frente llama en esta tierra ososa?

Un destello que piensa en mis ausentes.

 

Me gusta este lugar, pleno de antorchas,

cerrado, sacro, fuego sin materia,

ofrecido a la luz trozo de tierra,

de piedra y oro y árboles sombríos,

trémulo mármol entre tantas sombras

donde duerme el mar fiel sobre mis tumbas.

 

¡Espléndido guardián, frena al impío!

Cuando con risa de pastor, y solo,

apaciente corderos misteriosos,

blanco rebaño de mis quietas tumbas,

aleja del lugar a las palomas,

los sueños vanos y ángeles curiosos.

 

Aquí llegado, el porvenir es lento.

El claro insecto rasca sequedades;

chamuscado y deshecho, es recibido

en el aire por una esencia extraña.

La vida es vasta en ebriedad de ausencia

y dulce la amargura y claro el ánimo.

 

Los muertos bien están bajo esta tierra

que los abriga y seca su misterio.

Arriba, inamovible, el Mediodía,

en sí piensa y consigo se concilia;

soberbia testa y colosal diadema,

yo soy dentro de ti el secreto cambio.

 

¡Tan solo yo contengo tus temores!

Mis pesares, mis dudas, mis apremios,

son el defecto de tu gran diamante,

y en su noche de mármoles cargada

un pueblo vaga entre raíces de árboles

para asumir tu causa lentamente.

 

En una ausencia espesa se han fundido,

roja arcilla bebió la blanca especie

y ha pasado a vivir entre las flores.

¿Y dónde están las frases familiares,

el arte personal, las almas únicas?

La larva hila donde nace el llanto.

 

Los gritos de las chicas cosquillosas,

los dientes, ojos, párpados mojados,

el bello seno que con fuego juega,

la sangre viva en los rendidos labios,

últimos dones, manos que los cuidan,

¡bajo tierra va todo y entra en juego!

 

¿Y aun esperas, alma grande, un sueño

que no tenga el color de la mentira,

como a los ojos onda y oro fingen?

¿Cantarás en estado vaporoso?

Mi presencia es porosa, todo huye,

y la impaciencia santa también muere.

 

Magra inmortalidad negra y dorada,

consoladora de afrentoso lauro

que en seno maternal truecas la muerte.

¡Bellas mentiras y piadosa astucia!

¿Mas quién no los conoce y quién no huye

del cráneo hueco y de la risa eterna?

 

Inhabitadas testas, hondos padres,

bajo el peso de tantas paletadas

sois también tierra y confundís mis pasos;

el roedor, gusano irrefutable,

no vive del que duerme bajo losas,

¡él vive de la vida y no me deja!

 

¿Amor quizás, o el odio de mí mismo?

Tan cerca siento su secreto diente

que puede convenirle cualquier nombre.

¡Qué importa! Mira, quiere, sueña, toca,

y le agrada mi carne, y en mi lecho

vivo de alimentar a este viviente.

 

¡Oh Zenón! ¡Cruel Zenón! ¡Zenón de Elea!

Me has traspasado con tu flecha alada

que vibra y vuela, y ya no vuela más.

El son me engendra y con la flecha muero.

¡Sol, sombra de tortuga para el alma,

Aquiles detenido a grandes pasos!

 

¡No, no! ¡De pie! De ahora en adelante,

¡rompe esta forma de pensar, oh cuerpo!

¡Beba mi seno el génesis del viento,

y la frescura que la mar exhala!

¡Oh potencia salada, mi alma vuelve,

y voy con ella a disfrutar las olas!

 

Sí, mar inmenso de delirios pleno,

piel de pantera, perforada clámide

por los mil y mil ídolos del sol,

ebria de carne azul, hidra absoluta,

que una vez y otra vez muerdes tu cola

en tumulto al silencio semejante.

 

¡Hay que vivir mientras el viento sube!

Abre y cierra mi libro el aire inmenso,

la ola en polvo salta entre las rocas,

¡Volad, páginas todas, deslumbradas!

¡Olas, romped con aguas jubilosas

mi techo en paz picado por las velas!

 

OH MI QUERIDO VENENO (Coronilla. III) (Ô mon poison cher)

¡Oh, mi querido veneno,

todo en ti, desde la carne,

la cabellera profunda,

la Venus de tu donaire

y la Psique de tu mente,

tu corazón comprensivo

que parece responderme,

todo en ti, todo me quema

y me enloquece por ser

parte de tanta emoción!

 

 

CITAS

- La poesía debería ser el paraíso del lenguaje.

- El primer verso nos lo regalan los dioses.

- El poema, esa prolongada vacilación entre el sonido y el sentido.

- Los hombres se distinguen por lo que muestran y se asemejan por lo que ocultan.

- No siempre soy de mi opinón.

- La estupidez no es mi fuerte.