UNIVERSOS - VOLUMEN II. CAPÍTULO XLVIII - FRANÇOIS VILLON

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 CAPÍTULO XLVIII

FRANÇOIS VILLON

 

“Maître François des Loges, autrement dit, de Villon”, “François de Monterbier” y “Franciscus de Montcorbier”, son los tres nombres con los que aparece en documentos de la Universidad de París. Poeta francés, precursor de los poetas malditos.

      Nació en París, probablemente el 08-04-1431; se cree que murió poco después de ser desterrado en 1463.


Pobre he sido desde niño,

de pobre y humilde origen.

Mi padre nunca fue rico,

tampoco su abuelo Erace.

(Le Testament).


      Hijo de una familia muy pobre, perdió a su padre siendo un niño, y se cree que a temprana edad su madre lo llevó a una institución donde quedó a cargo de un familiar lejano, el maestro Guillaume de Villon, acaudalado eclesiástico, profesor de derecho canónico, y capellán de la parisina iglesia de Saint-Benoît-le-Bétourné. Guillaume fue su padre adoptivo y en agradecimiento, el poeta tomó su apellido a partir de 1456.

      En 1452 obtuvo la Licenciatura en Artes, que lo convertía en un clérigo, dignidad que le otorgaba ciertos privilegios. Culminada esta etapa de estudios se lanza a la bohemia, la aventura y la calle, donde reinaban el desenfreno, la hambruna y el pillaje derivados de la llamada guerra de los cien años, entre Inglaterra y Francia.


      Sus amigos de entonces eran los marginales del momento: vagabundos de tabernas de mala reputación, prostitutas y delincuentes, algunos de ellos miembros de la banda Coquillards, organización delictiva originaria de Dijon, con ramificaciones principalmente en el sur de Francia.

      “Divide el día en tres etapas: las tardes para escribir, las noches para robar y divertise, y las mañanas para dormir”, dice uno de sus biógrafos.

      En 1455, en una riña callejera hiere mortalmente a un clérigo, al parecer su rival en amores, y huye de París mientras pasa la tormenta y su mentor y un abogado amigo de este tratan de salvarlo de la cárcel, presentando el hecho como un acto de legítima defensa.

      Al año siguiente regresa y en Navidad, a pesar del indulto recibido con el que quedaba en libertad y prometía no volver a delinquir, participa con cuatro de sus compinches de la banda Coquillards, en un robo de 500 escudos de oro al Colegio de Navarra.

      Temeroso de ser acusado nuevamente, regresa a Angers, pero antes escribe Le Lais (Le Petit Testament), un texto de 320 versos, dirigido a su público de delincuentes.

      A finales de 1457 reaparece en Blois, con motivo de la amnistía otorgada por Charles d’Orléans que le concede la libertad y lo libera de la horca, y se dedica a buscar la protección en la corte del Duque René D’Anjou.

      Entre 1457 y 1461, continúa sus andanzas por el valle del Loira y es puesto en prisión a mediados de 1461. En Le Testament (Le Grand Testament), 2023 versos mayormente octosílabos, el poeta detalla su “estadía en la prisión del obispo de Orléans, Thibault d’Aussigny, en Meung-sur-Loire, durante el verano europeo de 1461, por un crimen que no menciona.” El escritor francés Marcel Schwob en su libro Spicilège (traducido al español como Ensayos y perfiles), cuenta que seguramente fue un delito grave, “puesto que Villon fue enviado a la mazmorra, a pan y agua”, donde fue encadenado y sufrió “las peores penurias de su vida”.

      Tuvo suerte y fue liberado algunos meses más tarde gracias a una carta de indulto con motivo de la visita del rey Luis XI.

      Regresa a París y escribe Le Testament, su obra más celebrada, más íntima, ya que refleja crudamente su periplo vital y el de su entorno. Sin embargo, es arrestado una vez más en 1462 en la fortaleza de Châtelet, por un asalto donde aparentemente no participó. Sin embargo, no fue liberado hasta firmar una carta donde se comprometía a devolver lo robado en el Colegio de Navarra.

      En noviembre de 1462 sus antecedentes volvieron a jugar en su contra y fue torturado y condenado a la horca por una riña callejera en la cual era tal vez solo un espectador. El propio Villon menciona su condena a muerte después de una lucha con el delator del robo.

      Después de aceptarle una apelación, en enero de 1463 el Parlamento le conmutó la sentencia por diez años de destierro de París. Los documentos de la época dejan de mencionarlo a partir de 1463, y el poeta desaparece sin que se conozcan el lugar, la fecha y las circunstancias de su muerte. En Le Testament ya se había referido a su enfermedad y extrema pobreza.

      Se cree que fue en estos últimos dos años de cárcel cuando escribió la Quatrain (especie de epitafio), y la Ballade des Pendus.

      En medio de tantas tribulaciones hay que mencionar también su platónico y perdido amor por Catherine de Vaucelles, una desconocida muchacha de quien poco se sabe y a quien el propio Villon se refiere en alguna de sus baladas en términos poco edificantes, donde asoma como una mujer de moral bastante relajada.

Pocas vidas tan contradictorias, atormentadas e incomprendidas como la del poeta Villon, tesoro de la lengua francesa para unos, célebre ladrón y hombre de mala vida para otros.

      Se han escrito decenas de investigaciones, biografías, traducciones al francés moderno y a otras numerosas lenguas, compilaciones, ediciones y reediciones, artículos, monografías, tesis de pregrado y tesis doctorales sobre la vida y obra de François Villon.

      En 1532, el poeta cortesano y valet de chambre Clément Marot, nacido en Cahors treinta y tres años después de que Villon desapareciera del vecindario parisino, emprende la tarea de compilar y editar la obra de Villon, con el propósito de complacer al rey François I y, de paso, corregir errores de impresiones anteriores, valiéndose para ello de la tradición oral. En el proceso, decide identificar con un título cada una de las baladas que ha recolectado.

“Es el mejor poeta parisino que podáis encontrar”, escribió Marot al presentar y entregar al rey la edición corregida de los poemas de Villon.

      A mediados del siglo XVII, Guillaume de Colletet escribió la biografía Vie de François Villon, y en 1723 Jean-Antoine du Cerceau escribió otra con el mismo título.

      Con el tiempo, el interés por el poeta Villon creció cada vez más, principalmente en el siglo XIX, cuando aparecieron numerosas publicaciones sobre su vida y obra.



BALADA DE LOS AHORCADOS

(EPITAFIO DE FRANÇOIS VILLON)

(Ballade des pendus).

(Escrito en la cárcel mientras esperaba su ejecución).


Hermanos terrenales que nos sobrevivís,

no seáis con nosotros duros de corazón,

que, si piedad tuvieseis de nuestros infortunios,

Dios tendrá mucho antes de vosotros clemencia.

Contemplad nuestros cuerpos colgados, cinco, seis:

Ved que, de nuestra carne, que tanto alimentamos,

quedan sólo pedazos roídos, putrefactos,

y nuestros huesos pronto serán polvo y cenizas.

¡Que en nuestra desventura nadie halle regocijo,

pero rogad a Dios que a todos nos absuelva!


Si os llamamos hermanos, no nos miréis por ello

con ojos de desdén, aunque haya en nuestra muerte

merecida justicia. No obstante, bien sabéis

que hay en muy pocos hombres espíritu sereno.

Perdonadnos entonces, ya que somos llevados

hacia el reino del hijo de la Virgen María,

donde jamás se extingue la llama de la gracia

que habrá de preservarnos del fuego del infierno.

¡Ahora estamos muertos, que nadie nos agobie,

pero rogad a Dios que a todos nos absuelva!


Por la lluvia lavados, también purificados,

por el sol desecados y luego ennegrecidos,

las urracas y cuervos cavaron nuestros ojos

y nos han arrancado las barbas y las cejas.

No hemos tenido nunca momentos de reposo,

aquí y allá giramos con el vaivén del viento

que a su antojo nos lleva, sin cesar nos agita,

más picados de pájaros que un dedal de coser.

¡No seáis, por lo tanto, de nuestra cofradía,

pero rogad a Dios que a todos nos absuelva!


Príncipe Jesucristo, que sobre todo reinas,

guárdanos del malvado dominio del infierno,

allí nada tenemos que hacer ni que pagar.

¡No hay en esto, señores, un motivo de burla,

pero rogad a Dios que a todos nos absuelva!


EPITAFIO

Presentación:


Ordeno sea en Sainte Avoie

y solo allí, mi sepultura;

y para ser visto por todos

no de cuerpo, sino en pintura,

de cuerpo entero me dibujen

con tinta, si costase mucho.

¿De tumba? Nada, no me importa,

porque podría hundirse el suelo.

Quiero también, sobre mi fosa

lo que sigue –sin otra historia-,

que sea escrito en letras grandes,

y si falta con qué escribirlo,

usen carbón o piedra negra,

que nadie el yeso descascare.

Quedará al menos el recuerdo

de este simpático loquito.


Epitafio

Yace y duerme en este lugar,

aquel a quien Amor mató,

un pequeño y pobre escolar

que se llamó François Villon.

Jamás de tierra tuvo un surco.

Todo lo dio, todos lo saben:

la mesa, el pan, la canastilla.

Rezad por él, como aquí pide:


Rondel

Dadle, Señor, reposo eterno,

y una claridad perpetua

a quien no tuvo escudilla

ni una brizna de perejil.

Le raparon hasta las cejas,

como un nabo al que se pela.

Concédele reposo eterno.


El Rigor lo mandó al exilio

y en el culo le dio un tortazo,

a pesar de que dijo: “Apelo”,

que no es un término sutil.

Concédele reposo eterno. 


CUARTETA  (Quatrain)


Yo soy francés1 y serlo, mucho me pesa,

nací en París, en límites de Pontuesa.

Pronto por una cuerda de una toesa2

sabrá mi cuello cuánto mi culo pesa.

 

 

1   François, en el original; que puede tomarse como “Francisco” o como “francés”.

2 Toesa: En Francia, medida de longitud de la época, equivalente a dos metros aproximadamente.


 

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